El PALACIO DE LOS GOSÁLVEZ, escrito por Juan Lucas Valera

gosalvez

El palacio de los Gosálvez es de estilo francés versallesco situado en las proximidades de Villalgordo del Júcar, Albacete, y perteneciente al término de Casas de Benitez, Cuenca.

Fue construido por Enrique Gosálvez Fuentes en 1902 junto a otras factorías a orillas del río Júcar.

Casi abandonado en tiempos de la guerra civil Española por la decadencia de la familia Gosálvez,  estaba todavía habitado por sirvientes y criados y a su alrededor las casillas de un pueblecito en donde vivían los obreros de las factorías y de la central eléctrica.

El palacio sigue el estilo francés-versallesco, típico de los palacetes del norte de España a principios del siglo XX. Consta del edificio central con tres plantas y dos alas de una planta a cada lado del edificio central.

En el centro del conjunto se sitúa una fuente llamada de “la zarina”, que fue regalada por Alejandra, esposa del Zar Nicolás II.

En la actualidad solo queda la base en donde un día estuvo la fuente; el palacio constaba de 368 ventanas y se decía tenía el mismo número de puertas, contaba con un gran número de habitaciones, un total de 20. Fue declarado de Interés Cultural el 16 de junio de 1933.

Palacio Gosalvez 1982

Hay más historia y arte mucho más, pero lo que yo quiero contar es otra historia, otro arte que yo conocí con pocos años y que descubrí años más tarde.

Os voy a contar como conocí el arte sin ser consciente, es más, creo que hace muy poco tiempo que lo descubrí.  Fue una experiencia muy agradable (y digo experiencia) no menos por el viaje al Palacio, tres kilómetros lo separan de la pequeña aldea en donde viviamos, junto a mi madre.

La pobre mujer hacía tiempo que soñaba con tener pavos reales en su pequeño y humilde corral, yo creo que dentro de su origen humilde le apetecía tener algo de realeza aunque solo fuese en su gallinero y como conocía al ama de llaves del palacio, la “Paca” dijo:

-Allí tienene pavos reales, yo le llevo una docena de huevos a la Paca de mis pavas plebeyas y que ella me dé media docena de huevos de la realeza aviar.

Como viviamos en una pequeña aldea en medio de la nada a orillas del Júcar, teniamos que ir andando unos cuantos kilómetros, ello nos obligó a levantarnos antes del amanecer para emprender el camino.

Mi madre preparó una cesta con juncos, puso paja y envolví unos doce huevos para que llegasen sin sufrir deterioro alguno y me dijo:

– Juanito, nos vamos para Villalgordo del Júcar.

La mañana desgranaba sus primeras luces, el camino nos envolvía con aromas primaverales con el canto de multitud de pájaros y un infinito arco iris de colores de árboles, plantas y flores nos regalaron los ojos en aquella mañana mágica.

Foto familiar de Juan Lucas
Juan Lucas y su familia en el patio de su casa

Al llegar a las puertas de aquella mansión tan desconocida para mí e incluso para mi buena madre; la rodeaba una hermosa valla y tanto fuera como dentro estaba rodeada de inmensos pinares piñoneros y otros árboles y plantas que yo no conocía y creo recordar que llegué a decirle a mi madre:

– Esto es un paraiso.

gosalvez_01

Cruzamos la valla y vi una casa enorme que me hacía daño a la vista de tan hermosa, posiblemente si no hubiese vivido en un entorno rural y humilde hubiese exclamado:

– Esto es el palacio de las mil y una noches. Pero nada de ello sabía solo recuerdo haberme quedado con la boca abierta.

Un enorme paseo con árboles centenarios llevaban a la casa, que, en forma de herradura abrazaba un hermoso jardín. En el centro una fuente a sus pies, una gran escalinata, el edificio con muchas ventanas “grandes, muy grandes” la hermoseaban dibujos variopintos y colores que escapaban a mi pobre universo cromático.

Gosalvez 1

Pasamos al interior y en cada paso que dábamos o estancia que veíamos mi capacidad de sorpresa iba en aumento. Al mismo tiempo que la inmensa luz y el mobiliario regio me iban dejando anonadado, percibía un acogedor ambiente. Tanto en mi madre como en mí el asombro no nos permitía cerrar la boca ni cerrar los ojos. No atinaba a decir palabra alguna.

Se terminó la visita, nos despedimos y volvimos a casa, mi madre tan feliz porque al fín tendría pavos reales, y yo flipando en colores como se dice hoy en día.

Y la verdadera historia del arte, era la que yo tenía día a día en mi casa, en mi familia, en mis padres en especial mi madre,  el arte que tenía mi madre para sacarnos adelante sin apenas medios y el arte que se daba, ya que con un puñado de hierbas (orugas) y una cabeza de ajos hacía unos gazpachos viudos ¡y tan viudos! que daban de comer a cinco y te chupabas los dedos de buenos que estaban,  eso también debe ser arte.

Gracias a mi madre por este viaje al palacio de los Gosálvez y tantos y tantos viajes al interior de mi alma que viví con ella.

2014_lucas

 

 

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